¿Cómo te llamas?

¿Cómo te llamas?

Nuestro nombre es el primer contrato que alguien firma por nosotros.

Cuando escogemos el nombre de nuestro hijo debemos saber que, con él, le traspasamos una identidad.

El nombre que recibimos es una especie de contrato inconsciente que, de un modo u otro, limitará nuestra libertad y condicionará nuestra vida. Por esta razón, debemos evitar, a toda costa, poner nombres de antepasados, novios, pretendientes, personajes históricos, novelescos o de famosos y, en general, cualquier nombre que tenga asociada alguna connotación con cierta persona real o ficticia.

El nombre que llevamos tiene un impacto muy potente sobre nuestra mente.

Puede ser un enorme identificador simbólico de la personalidad, un talismán o un regalo, pero también puede convertirse en una prisión que nos impide crecer y ser nosotros mismos, anclados a esa copia del pasado.

Esto ocurre en los árboles con tendencia narcisista, en los que, generación tras generación, se repiten los nombres de los ancestros de abuelos a padres, de estos a hijos, de estos a nietos, originando así la repetición en sus destinos.

Según nos cuenta Jodorowsky, tanto el nombre como los apellidos encierran programas mentales que son como semillas, de las cuales pueden brotar árboles con sabrosos frutos o plantas venenosas. Pero lo cierto es que los nombres repetidos generalmente son vehículos de transmisión de dramas anteriores.

Resulta peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre del desaparecido. Eso nos condena a ser el otro y a no poder ser jamás nosotros mismos, como le sucedió a mi madre, Antonia, nacida un año después de la muerte de su hermanita, Antonia, que había fallecido a los 15 días de su nacimiento.

También puede ocurrir que un hijo lleve el nombre de un antiguo novio de mamá y se vea condenado a ser “el novio de mamá” durante toda su vida, motivo por el cual no tendrá pareja o, si la tiene, no se casará porque ya tiene una novia eterna.

Quizá alguien le pone a su hijo el nombre de un familiar que se suicidó y esa persona se convierte en alguien sumido en una constante depresión.

Quizá alguien repite el nombre del abuelo, alcohólico, y se pasa la vida sin entender por qué no puede dejar de beber o porque no soporta el olor a alcohol.

O puede que alguien decida poner a su hija el nombre de la abuela, que falleció dando a luz en el parto, y esa nieta no logre concebir, por mucho que lo intente.

Los nombres femeninos como María o Inmaculada exigen perfección absoluta y se asocian a la pureza y la virginidad, limitándonos por ello. Otros como Consuelo o Dolores, hablan de consolar a ciertas personas de la familia o de mitigar sus dolores, frenándonos igualmente.

Miguel Angel, Rafael, Manuel, Raquel, Ismael, Gabriel y todos los terminados en -el (nombres de ángeles), generan problemas con la encarnación (generalmente en el árbol alguien murió joven, tras un aborto o fallece algún hijo antes de ese nacimiento).

Eva y Adán: los pecadores. César o Alejandro: condenados a ser poderosos y ambiciosos. Salvador, Jesús o Angustias destinados a soportar el dolor o salvar. Jesús María o María José (nombres dobles de hombre y mujer) así como Mario, Josefa, Carmelo, Paula (nombres feminizados o masculinizados) hablan de deseos frustrados de que fuésemos del sexo contrario. Repetir el nombre de mamá o papá hablan de un deseo oculto narcisista de realización a través del hijo. Natividad o Natalia denuncian dramas en el nacimiento (muertes al nacer, partos difíciles, abortos), René o Renato nacen tras la muerte de otro niño, estando destinados a suplirlos y convirtiéndose en yacientes. Llamarse Paz, Libertad o Luz tampoco es siempre sinónimo de ser libre, vivir en paz o tener las cosas claras.

Estudiar los nombres de los árboles nos ayuda a acceder al inconsciente familiar, ya que en ellos podemos encontrar los secretos ocultos. Del mismo modo es importante saber quién fue la persona que eligió nuestro nombre ya que el que nombra toma el poder sobre lo nombrado. No es lo mismo llamarse Antonia por mi abuela paterna, si el nombre se le ocurrió al padre, para repetir el nudo incestuoso, o por su madre, para ser aceptada en la familia del padre, dándole una hija-clon de su suegra. Tampoco lo es llamarse María Antonia, si se llama así por la madre y la abuela y la relación entre estas era desastrosa. Como tampoco lo es llamarse Toñita, porque han proyectado sobre ti la figura de la abuela pero tienes prohibido crecer y superarla y por eso te asignan un diminutivo.

Así pues, revisa a fondo el origen de tu nombre. Si llevas el de algún familiar analiza su destino y el camino que recorrió en su vida porque probablemente estés aquí para repetirlo. También puede ser que, si se trata de un nombre que era significativo para la persona que eligió tu nombre, lleves la carga de darle a dicha persona lo que la otra no le pudo dar.

Piensa si tu nombre hace referencia a algún personaje histórico, famoso, futbolista, princesa, estrella de cine o similar, porque, si este es tu caso, probablemente vivas frustrada y fracasada si no sigues el guion de esa misma persona. Si llevas el mismo nombre que la muñeca que tenía tu hermana probablemente te convertirás en su muñeca y ella jugará toda la vida contigo, dominándote y haciendo contigo lo que quiera, como hacía con aquella muñeca cuando era pequeña.

Aquí siempre recuerdo la elección del nombre de mi hija Eva, pues fue su hermano mayor quien lo escogió, mientras veía la película de Wall-E: Eva se llama el robot que se encarga de salvar el planeta por lo que yo siempre me pregunto ¿de qué tendrá que salvar Eva a su hermano, que fue quien eligió su nombre? ¿o quizás qué destino trae ella relacionado con salvar a nuestro árbol familiar? Curiosamente en esa película la salvación estaba… en una planta.

En algunos casos, para detener esas repeticiones, es necesario cambiarse el nombre por uno que nos ofrezca una nueva vida, libre de condicionantes inconscientes, ya que, metafóricamente hablando, el nombre que nos dan al nacer es como un GPS que nos indica el camino que debemos recorrer, guardado en la memoria familiar. Resulta necesario, en estos casos, arrojar dicho GPS por la ventana para poder trazar nuestro propio camino, lejos de los caminos archivados en nuestro árbol, haciéndonos responsables de nuestro propio destino. No será algo sencillo de lleva a cabo, ya que cambiar de nombre supone dejar de ser reconocidos por nuestro clan, acostumbrado ya a dirigirse a nosotros por ese nombre elegido para honrar la memoria de los antepasados. Supone dejar de ser amados por la familia, que es el mayor temor al que nos enfrentamos, herencia de nuestro cerebro arcaico, que no podía sobrevivir sin el clan, en la época de las cavernas. Por eso realizar este acto puede resultar aterrador a la vez que sumamente poderoso.

Pero lo que está claro es que jamás, jamás, debemos poner a nuestros hijos un nombre que haya existido en la historia de nuestro árbol genealógico, al menos en las 4 generaciones anteriores (conocer la historia más allá resulta algo dificultosa), ni tampoco debe ser un nombre asociado con personas o ideales de lo nombrado.

Mi nombre, Begoña, no está presente en mi árbol familiar por ningún lado, y yo siempre sentí que había algo que me diferenciaba del resto de mi familia.

Cuando nacieron mis 3 hijos su padre tenía esa motivación egoica de que su descendencia debía llevar su mismo nombre, para el caso del primer varón, y el mío, si el descendiente era una niña. Yo me negué en rotundo a seguir con esa tradición familiar no sin generar una gran discusión por ello. Algo en mi interior me decía que cada niño debía tener un nombre único para forjar igualmente una vida a su medida y no a medida de dictados heredados.

Así fue como mis hijos terminaron recibiendo los nombres de Diego, David y Eva, nuevos en el árbol pero, a pesar de ello, el inconsciente termina dominando, de un modo u otro, y si bien la parte de la herencia de la historia pasada del nombre repetido no está presente, sí lo está la relativa al significado de cada nombre: Diego significa «el instruido» y su onomástica, 13 de noviembre, está en línea con mi madre, de la cual es doble por fechas. David, «el elegido» cuyo santoral se celebra el 29 de diciembre, está en línea conmigo y con mi padre. Y Eva, «la que da la vida» (¿al árbol familiar quizás…?) cuyo santo se celebra el 11 de febrero, el día del cumpleaños de mi madre… No olvidemos aquí que, antiguamente, muchos celebraban el día del santo como el del cumpleaños, por lo que debemos también analizar, cuando realizamos un árbol, las fechas en que se celebran los santos de nuestros nombres.

Nada es casual, incluso cuando pretendemos liberarnos, conscientemente, del yugo familiar, el inconsciente colectivo va a tirar de nosotros para que sigamos siendo fieles. Así pues, prestemos atención a todos los detalles para evitar, en la medida de lo posible, cargar a nuestra descendencia de mandatos que no les ayudan en absoluto y liberarlos de cargas que no les pertenecen.

Y, como decía más arriba, siempre podemos optar por cambiarnos el nombre. Es un acto tremendamente poderoso para nuestro inconsciente y para la memoria familiar.

«Eres esclavo de aquello que bautizas con tu nombre»

A. Jodorowsky

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