¿Cómo te alimentas?

¿Cómo te alimentas?

Hoy quiero hablarte de algo que hacemos varias veces al día: la comida, el momento sentarse a la mesa en familia, desde la mirada del árbol transgeneracional.

¿Por qué?

Pues porque la mesa suele ser el escenario donde se representan dramas o angustias familiares ocurridas en el pasado.

Si observamos con detalle podremos desentrañar la relación entre la comida y la vida o la muerte, el territorio en la familia, el lenguaje que empleamos mientras nos sentamos unos junto a otros, de los lugares que cada cual ocupa en la mesa, de cómo son los platos con los que nos nutrimos (hermosos, rotos, descascarillados, feos…)

Porque, como bien reza el dicho: “somos lo que comemos”.

Para mi el momento de sentarme a comer con mis hijos es el más importante del día, sobre todo al mediodía.

En la mañana las ganas de apurar el tiempo de sueño antes de ir al colegio de mis hijos, hacen que la primera comida sea algo rápido y no pasamos demasiado tiempo sentados. A la hora de cenar hice mía la costumbre que mis padres trajeron de Alemania, de tomar algo ligero y temprano, así que no suelo preparar platos calientes para ese momento.

Para mí, la hora de reunión es la del mediodía. Y es en este momento en el que más me esmero para alimentar a mi familia.

En mi memoria están los mismos momentos que compartía tanto con mis padres como con el resto de mi familia (tíos, abuelos, primos…) los fines de semana en mi pueblo o en las fiestas del verano.

Tanto en mi casa como en casa de mis abuelos había un orden que se respetaba a rajatabla: las mujeres cocinaban y servían, primero al cabeza de familia (que tenía su sitio inamovible en la cabecera), luego al resto de hombres, niños y por último se servía a las otras mujeres que estaban sentadas.

Las que cocinaban era raro que se sentaran a la mesa con el resto de la gente, solían estar enfrascadas en servir, preparar platos y recoger. Recuerdo a mis tías e incluso a mi madre comiendo de pie en la cocina, sin ni siquiera sentarse a la mesa ni en el comedor, cuando ya todo el mundo había terminado de comer.

Para ser honesta, debo reconocer que yo tiendo a hacer lo mismo, pues soy la última en sentarme a la mesa y la primera en levantarme para recoger. Afortunadamente tengo a mis hijos que me recuerdan cada día que debo sentarme a comer tranquila y a disfrutar de ese momento para sanar la historia de mis antepasados.

También recuerdo que en la mesa había siempre una gran cantidad y variedad de alimentos: ollas y pucheros llenos hasta arriba, fuentes a rebosar de carne, patatas o verduras, y postres, varios postres siempre al terminar la comida: tres o cuatro tipos de queso, un bizcocho, helado, un par de tartas, galletas…

Unido al ofrecimiento iba la obligación de comer un trozo de cada cosa para no hacer un feo al anfitrión. Así que, al final, yo terminaba comiendo de más para luego escuchar comentarios relativos a mi peso, que se suponía era demasiado. Las memorias de la guerra y todas las carencias vividas en el pasado seguían dominando ese momento.

Y lo confieso nuevamente: cuando la despensa o la nevera comienzan a vaciarse al final de la semana siento cierta inquietud, y peco de ser previsora de más al soler tener siempre ciertos alimentos almacenados. Incluso mi hijo mayor me dice a veces “mamá, no me gusta abrir la nevera y verla tan vacía” y ahí salgo yo, corriendo a hacer la compra…

Supongo que, en cierta medida, esas memorias de escasez siguen estando presentes todavía en mi y en mi familia, aunque me afano por sanarlas día a día, siendo consciente de que no necesito tener la despensa llena porque mi vida ya es abundante.

Mientras escribo este relato, me acabo de dar cuenta de que tenía asociada la “obligación” con el momento de comer, ya que “había que ir” a casa de mis abuelos a la hora del almuerzo siempre el fin de semana.

Después de fallecer mis abuelos, durante muchos años me sentí obligada a repetir dicha tradición, yendo a comer los fines de semana a casa de mi madre, cuando estaba viuda y vivía sola, a pesar de que no deseaba hacerlo, pues era un momento en el que me sentaba con ella en completo silencio y apenas intercambiábamos un par de frases.

Así que hoy te invito a que analices con calma todo lo que rodea al momento del día en el que te sientas a comer. Si lo haces podrás dar con la clave de muchos de los conflictos que puedes estar viviendo, a día de hoy.

Piensa por un momento en todas estas preguntas que te planteo a continuación:

¿qué situación o persona que se sienta contigo se te atraganta o tienes atravesada…?

¿qué olores y sabores recuerdas, que te gustan y cuáles no soportas…?

¿quién se encarga de repartir la comida, a quién sirve primero, a quién sirve más cantidad o los mejores trozos…?

¿comes mucho frente a tu familia, te decantas por comer a escondidas cuando nadie te ve, comes “alimentos prohibidos” cuando nadie te ve…?

¿hay una especie de dictadura a la hora de comer y comes lo que mandan mamá o papá, generando rabia y repulsión por la comida…?

¿mamá o la abuela sólo sabían demostrarte su amor dándote de comer, ofreciéndote dulces, chocolate, chucherías…?

¿qué lugar ocupa cada persona en la mesa, quién se sienta frente a quién, quién evita sentarse al lado de quien, quien ostenta el poder…?

¿cómo vives tú el momento de estar sentada a la mesa y comer con tu familia, con alegría, con estrés, con rabia, con culpa, con miedo, como una obligación…?

¿qué se hace cuando se está en la mesa, se habla distendidamente, hay temas que no se pueden tocar, se come en silencio, mirando únicamente al plato, se come deprisa para terminar cuanto antes y poder levantarse e irse de allí…?

Si te paras a pensar, con calma, en las preguntas anteriores, podrás desentrañar los problemas de obesidad, sobrepeso, anorexia, bulimia, la gastritis, esa colitis, el ardor estomacal, tu reflujo, la digestión pesada o la indigestión, las diarreas o los estreñimientos. Y, en general, cualquier problema asociado con la digestión.

Los DES-órdenes alimenticios provienen de mamá, de la DES-conexión que mantengas con ella, porque mamá es la vida, su pecho es el primer alimento que nos nutre cuando nacemos y, antes incluso de ese momento, pues en el vientre nos nutrimos de ella a través del cordón umbilical.

Así pues, revisa tu relación con mamá. Revisa todo lo que rodea al momento de sentarte a la mesa y nutrirte, no sólo con los alimentos que comes, sino también emocionalmente.

«Comer es una necesidad, pero comer de forma inteligente es un arte»

Francisco VI, Duque de la Rochefoucauld

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