Cuaderno de bitácora

Cuaderno de bitácora

Sábado 12 de marzo. 6:45. Suena el despertador. ¡Arriba!. Ducha rápida medio dormida. ¿Toalla, reflex, bocata de chorizo y queso, fruta?, yeap!, mochila ok. Café rápido con 4 galletas y… empieza la aventura.

Llevaba tiempo deseando hacer una escapada en solitario, viajar sin conocer a nadie para enfrentarme a mis miedos sobre entablar conversaciones con desconocidos. Me habría gustado echarme la mochila al hombro, subirme a un avión e ir rumbo al norte de Europa pero… esto de tener tres niños pequeños no me lo ponía muy fácil, así que decidí empezar por un destino no tan lejano pero igual de exótico: las íslas Cíes.

Unos días antes, una amiga me había enviado información sobre una asociación de senderismo que organizaba una «ruta consciente» para el mes siguiente. Pero una que es curiosa por naturaleza, se puso a cotillear en internet y descubrió, para su asombro, que también organizaban una escapada en yate al parque Natural de las íslas Atlánticas.

Así que sentí que era el momento y reorganicé mi agenda para poner por primera vez los pies a bordo de un precioso yate y de las Cíes.

Lo cierto es que siempre me ha gustado viajar a mi aire, o más bien debería decir: organizarlo todo. Ahora, sin embargo, veía esa vieja manía mía como un gran lastre y un intento de tenerlo todo bajo control. Así que decidí cambiar el chip, disfrutar del momento y dejar que las cosas ocurrieran como tenían que ocurrir.

Sucedió que empecé compartiendo mi coche con tres desconocidas. Recogí a la primera de ellas a las 7:30 en la ciudad de cristal, y a las otras dos, hora y media más tarde, a orillas del Lérez.

Primera prueba superada: cuando te rindes y dejas de controlar, todo sale a la perfección. ¡Cuánta razón tenía David Hawkins con su «dejar ir»!. Conducir hasta la ciudad olívica resultó ser un viaje más corto de lo que solía recordar.

Vigo. Primera odisea: aparcar en pleno puerto deportivo. Mi memoria me recuerda que por la zona hay un aparcamiento ultramoderno, de esos que te meten el coche en una especie de panal de abejas. Así que decido transformar mi auto en un ápido y dejarlo descansando en una celda bajo tierra.

Llegamos a puerto. Nos espera el resto del grupo. Mayoría aplastante femenina: 9 contra 1. Segunda odisea a la espera del patrón: encontrar víveres para llenar nuestra sedienta bodega. Y el Universo, que está a nuestro favor, nos señala el lugar apropiado donde poder hacerlo. Unos sorbos de café bien calentito y todos listos para embarcar.

El Alvamar es un precioso velero de 13 metros de eslora. Manuel, su capitán. Su sonrisa, el mejor recibimiento. Embarcamos y emprendemos rumbo hacia nuestro destino: las islas Cíes.

Elijo la proa para acomodarme. Me apoyo en el mástil, a mis espaldas escucho el viento agitando la vela mayor. Busco el solecito del amanecer. Caliento mis manos con un par de bocanadas de aire y me dispongo a disfrutar de las vistas. ¡Cuán diferente se ve todo a nivel del mar! El magnífico puente de Rande no parece el mismo desde aquí abajo.

Ante mis ojos el increíble azul del vasto océano.

Neptuno confabula a mi favor. A media travesía me obsequian con la oportunidad de llevar el timón, buaaaah!!!. La sensación de gobernar un barco… no tiene palabras. Bueno sí, tiene una: ¡LIBERTAD!.

A medio camino otro barco salido del puerto de moaña, El Sant Yago, se une al grupo. Después de 3 horas de travesía por el Atlántico, llegamos a nuestro destino: Cíes, el paraíso para 20 personas.

Desembarcamos. La arena blanca empieza a susurrarme cuando pongo mis pies en el embarcadero: «siénteme». Las olas de color turquesa también bisbisean con su baile: «déjame acariciar tu piel».

Pero los murmullos se desvanecen cuando el guía empieza a darnos indicaciones de la ruta que vamos a emprender para llegar subir al Alto del Príncipe.

Sin apenas tiempo para disfrutar de las fascinantes vistas, emprendemos la caminata. Objetivo pirata: la «silla del la reina». Me empiezo a dar cuenta de que esto de ir a toda pastilla no es lo mío. Para mí el senderismo significa disfrutar del entorno. Y a esta velocidad resulta imposible. Me río en silencio pensando en cómo este hombre me recuerda a mi madre, siempre a carreras de un lado para otro.

Decido escucharme y empiezo a hacerme la rezagada. Me quedo atrás. Quiero DISFRUTAR el paseo, EL PRESENTE. Me dejo embriagar por la mezcla de olor a bosque y a mar salada. Por el crujido de las ramas bajo los pies de los senderistas mientras al fondo se oye el cuchicheo de las olas. Por la sensación de paz, calma y bienestar que siento dentro de mí.

Una hora más tarde alcanzamos el tesoro: la cima de la Isla Monteagudo. ¿El restaurante con las mejores vistas?, una roca del acantilado con la inmensidad frente a mí.

El azul, mi color, me rodea por todas partes. A mis pies una mezcla de matices desvela la profundidad del fondo marino: neón, ópalo, índigo y cobalto. Sobre mi cabeza, el reflejo del agua, con un tornasol de aguamarina, turquesa y cyan.

Quiero quedarme a contemplar allí la puesta de sol pero parece que tenemos otros planes: el faro de la segunda isla. De camino volvemos a pasar por la Playa de Rodas.

Ahora puedo escuchar sus palabras con más claridad. Ya no susurra. Su arena blanca y su mar verdoso no son un rumor sino un clamor: «ven a pasear descalza». Grita demasiado alto. Así que decido hacerle caso.

Ante la mirada atónita del resto de la excursión cambio el alto de Montefaro por un paseo solitario por el paraíso, acompañada únicamente por el vaivén de las olas y el graznido de unas cuantas gaviotas, que hacen amago de increparme por mi osadía de penetrar en su territorio.

La sensación de quietud es indescriptible. Me pregunto si estoy en mi tierra, Galicia, o en medio de un sueño. No, es real. Puedo sentir cómo la arena se cuela entre mis pies, como si estuviese caminando sobre una graaan alfombra hecha de granos de azúcar.

Me alegro de haber tomado esa decisión, de haber sido capaz de escucharme a mí misma, de desmarcarme del grupo para disfrutar de la inmensidad y la belleza del lugar en el que estoy.

Durante un par de horas puedo decir que tengo una isla, ¡para mí sola!.

No me equivoqué con mi elección. Percibo un ligero atisbo de envidia en la mirada de algunos a su regreso. Mientras ellos caminan de vuelta al amarradero yo entierro mis pies en la cálida arena y observo el sigiloso balanceo de los yates varados en la orilla. Sus ojos me dicen que lamentan no haber tenido más tiempo para disfrutar de un tranquilo paseo por la playa.

Yo, para mis adentros, pienso: «es lo que tiene ir… contracorriente».

El tiempo se ha echado encima y ya no da para más. Son las 6 y en breve empezará a anochecer y a refrescar. Se detienen a robar, con sus móviles, la última instantánea que atestigüe su paso por el edén del Atlántico, azuzados, una vez más, por el guía, que les increpa para que suban a bordo.

Yo no me preocupo por hacer demasiadas. Me llevo el recuerdo de la paz que sentí tumbada en la arena, el sonido del mar en calma, la sensación de sentir las gélidas aguas mojando mis pies y la tranquilidad de haber podido estar a solas, conmigo misma.

«Ser uno mismo,
en un mundo que constantemente trata que no lo seas,
es el mayor de los logros»

Ralph Waldo Emerson

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