¡A sus órdenes, mi capitán!

¡A sus órdenes, mi capitán!

Durante una gran parte de mi vida viví en conflicto con la autoridad.

De niña tenía problemas con las monjas y las profesoras del colegio donde estudiaba. Dudaban de mis capacidades y me tachaban de mentirosa o intentaban alejarme de mis amigas diciéndome que eran malas influencias para mi.

Según crecía, estos conflictos se comenzaron a manifestar a través de los jefes que tenía, hombres, ante quienes yo me callaba y evitaba dar mi opinión, a pesar de que sabía que mis ideas eran buenas y que ayudarían a que las tiendas donde desempeñaba mi trabajo funcionaran mucho mejor.

Cuando me convertí en madre, los mismos problemas llegaron a mi vida por varios frentes. Primero a través de un pediatra (varón) que atendía a mi hijo mayor. Recuerdo que hubo una temporada en la que acudí a su consulta porque mi hijo tenía infecciones recurrentes y dolorosas en su prepucio. Aquel hombre me diagnosticó que debía someterle a una operación similar a la circuncisión para solucionar dicho problema.

Por aquel entonces, hace ya más de 15 años, yo todavía no sabía nada de la relación emocional entre los problemas de los niños con los sentimientos de su madre, pero lo que sí hacía era informarme y buscar alternativas cuando algo no me convencía. Y eso fue lo que hice. Descubrí así que la propuesta de aquel médico era sumamente invasiva y que mi hijo lo único que necesitaba era tiempo para resolver esas infecciones. Cuando le transmití mis intenciones de no operar a mi hijo recuerdo que me tildó de irresponsable y de mala madre. Me sentí juzgada y cuestionada, pero a pesar de eso, me mantuve firme en mi decisión, el tiempo puso todo en su sitio y mi hijo tiene sus genitales tal y como vino a este mundo.

Cuando me embarqué en la búsqueda de un parto natural, tras mi primera cesárea, recuerdo haber visitado la consulta de un ginecólogo que me soltó que o accedía a realizar todas las pruebas que él tenía en su protocolo o que me olvidara de ser su paciente. Como imaginarás, no volví a poner un pie en su consulta y me busqué otra persona para asistirme en mi aventura.

Mis conflictos con el sistema médico han sido una constante desde que me convertí en madre, cuando me negaba a que sometieran a mis hijos a tratamientos invasivos, a abandonar la habitación cuando tenían que coserles alguna cicatriz por heridas que se habían hecho, cuando buscaba parir de forma natural sin intervenciones…

Cuando nació mi segundo hijo, en un hospital pro parto natural, tuve la mala suerte de toparme con una ginecóloga sumamente borde que me amenazó con llamar al Juez sólo porque tenía una cesárea previa y le había pedido que me dejara más tiempo para intentar que mi hijo tuviera el parto que yo deseaba. Al final sucumbí a sus amenazas y terminé con otra raja en mi barriga y una tremenda depresión posparto.

Años después, cuando me ingresaron de urgencia y me diagnosticaron que debía someterme a una operación de vesícula, el patrón volvió a repetirse. Me negué en rotundo a dicha intervención y solicité el alta voluntaria, yéndome del hospital, poniendo en entredicho las recomendaciones del médico que me atendía. Aquel hombre me tachó de loca y me dijo que volvería arrastrándome a los pocos días pidiéndome que me operara, algo que jamás ocurrió.

En otra ocasión, cuando me acerqué a mi centro médico buscando únicamente un diagnóstico sobre un pequeño nódulo que me había salido en la frente, la doctora me dijo que, dados mis antecedentes familiares, debía someterme a un chequeo médico para prevenir el cáncer de mama. Cuando le contesté que aquello no era el motivo de mi consulta, que ni por asomo pensaba aceptar su recomendación porque no lo necesitaba y le sugerí que destinara los recursos a otras personas realmente enfermas, aquella anciana mujer me espetó que iba a poner en mi historial que yo era “de las raras que no quieren atención médica”.

Tiempo después, cuando mi madre falleció, según me contó el encargado de la funeraria, la doctora le puso problemas porque argumentaba que yo había decidido no llevar a mi madre al hospital y eso era un indicio de abandono y negligencia por mi parte. Yo le había preguntado a mi madre si deseaba que llamara al médico y ella me pidió que no lo hiciera, que deseaba quedarse tranquila en casa y morir aquí. Ella sabía que su partida era inminente y no deseaba irse en un entorno frío e impersonal, como le había sucedido a mi padre, sino en su propio hogar, rodeada de cariño y de sus cosas. Mi decisión fue puesta en duda sólo por atender los deseos de una persona moribunda.

Los conflictos con la autoridad también se manifestaban con los directores y profesores de los centros educativos a los que asistían mis hijos. Generalmente solía chocar con personas de sexo masculino o con una marcada masculinización (pelo corto, poco femeninas, etc). Me amenazaban con abrirme expedientes de absentismo escolar alegando que mis hijos faltaban “demasiado” a clase. Según ellos, tales enfermedades y malestar eran pamplinas y alegaban que era yo quien fomentaba ese comportamiento, en vez de reconocer abiertamente que no estaban por la labor de proporcinarles a mis hijos una enseñanza acorde con las altas capacidades que ellos mismos habían diagnosticado o de atender las constantes reclamaciones que yo presentaba en los centros, por situaciones como bullying o faltas de respeto graves por parte de varios profesores hacia los niños.

Tuve otra época en la que también manifestaba estos conflictos con la policía, en concreto con Tráfico. Y así me vi a punto de perder el carnet de conducir porque no hacían más que freírme a multas con pérdida de puntos. Todas eran por exceso de velocidad (por ir a 80 por una zona de 50, o a 140 en la autopista) o por ir sin el cinturón en caminos de pueblo (lo reconozco, me hacían sentir “atada” y evitaba ponérmelo cuando iba por carreteras locales).

En una ocasión, cuando regresaba de recoger a mis hijos en el colegio, al entrar en la urbanización donde vivimos, un lugar semi privado sin tráfico excepto de los vecinos que vivimos aquí, nos desabrochamos todos el cinturón. Ellos siempre me pedían hacerlo para bajar las ventanillas y poder sacar la cabeza por la ventana, sintiendo el aire en sus cabecitas, a pesar de que yo iba a menos de 10 km. por hora.

Aquel día, a escasos 50 metros de nuestra casa, se había roto una tubería y corría un gran río de agua por la calle, tanto que la policía se había personado para valorar la situación. Al ver el coche patrulla según enfilaba la calle les pedí a mis hijos que se sentaran, pero su alegría nos delató y al llegar a la altura de la policía, estos me dieron el alto y me pidieron que me parara para multarme por no llevar el cinturón. El policía en cuestión me tachó de irresponsable e incluso intentó ponerme no sólo una multa sino cuatro, una por cada uno de los ocupantes del vehículo, aunque al final dijo que “se apiadaba de mi” y que sólo me multaba a mi.

Pero a lo que voy: yo tenía un conflicto con la autoridad, sobre todo con la masculina, manifestado a través de los profesores, médicos o policías con quienes me topaba en el día a día.

Cada vez que tenía que hablar con alguno de ellos mi cuerpo temblaba de pies a cabeza, la lengua se me atascaba, comenzaba a sudar y mi corazón se ponía a mil.

¿Dónde se había generado ese conflicto?

Primero pensé que se debía a la autoridad que ejercía mi madre sobre mi pero el hecho de que generalmente mis conflictos fuesen con hombres y no con mujeres me hizo dudar de que la base fuese esa. Tenía que haber algo más.

Así que tiré de mi árbol genealógico, analizando las figuras masculinas del mismo. Y me topé con mis dos abuelos.

Mi abuelo materno le impuso a mi madre, a una corta edad, que debía dedicarse a ser modista porque “no valía para nada más”. Ella aceptó sin rechistar, lógicamente, era una niña y los hijos no cuestionan las decisiones de sus padres. La autoridad familiar decreta y los que están por debajo aceptan. Ahí estaba una parte de mi propio conflicto: una autoridad decreta y, ante esa obligación, yo siento resistencias a la hora de acatarla.

Pero no era sólo eso. Había más: EL PELIGRO.

La respuesta estaba en la otra rama de mi familia: mi abuelo paterno sufrió la imposición del Estado (papá simbólico) de ir a la Guerra y de hacerlo, además, bajo una bandera diferente a la de su tierra, pues él formó parte de la marina británica, no de la española, durante la I Guerra Mundial, hecho por el cual hasta obtuvo una condecoración. Conflicto servido: le obligaron a combatir por estar enrolado como fogonero en un barco inglés, la autoridad lo manda a la guerra y pone su vida en peligro.

¿Mi conflicto? La autoridad dice que mi forma de actuar es peligrosa: conducir a más velocidad de la permitida, ir sin cinturón, no someterme a ciertas pruebas médicas, pensar como pienso…

¿Ves la resonancia?

Y si ya tenemos en cuenta las fechas del árbol las coincidencias hablan por si solas, porque mi abuelo José y yo somos dobles, él del 10 de septiembre y yo del 20 de junio. Y no sólo eso, sino que él tuvo 3 hijos: dos mujeres y un varón, y yo también tengo tres descendientes: dos varones y una mujer. Da igual la inversión del sexo, es un árbol espejo y al final es exactamente lo mismo. Además, mis hijos son, físicamente, muy parecidos a mi padre y a mis tías, así que resonancia por partida doble.

Afortunadamente yo pude sanar esta historia.

Supe que mi conflicto con la autoridad se había resuelto por completo el día que tuve un juicio con mi ex marido por una modificación de medidas del convenio que él solicitaba. Alegaba, como no podía ser de otro modo, que yo era una mala influencia (un peligro) para mis hijos por ser como soy.

Aquel día, en el juzgado, mi exmarido era el único varón en la sala. La juez, la fiscal, su abogada y la mía eran todas mujeres. Aquel día pude sentir la energía femenina sanando mi linaje cuando la juez y la fiscal dictaron sentencia a mi favor, desestimando todos los intentos de este hombre de hacerme pasar por una una mala mujer. Él únicamente estaba representando a todos los ancestros varones de mi familia y sus propios conflictos.

Y yo recibí el mensaje alto y claro: sé tú misma y no temas defender aquello en lo que crees. Ya no hay ningún peligro por hacerlo.

El árbol SIEMPRE HABLA, te cuenta la historia de lo que sucedió en el pasado a través de los acontecimientos de tu vida en el presente. Escucha lo que te susurra tan sutilmente si deseas romper las fidelidades que rigen tu vida a día de hoy.

«Las generaciones pasan al igual que caen las hojas de nuestro árbol genealógico.

Cada nueva flor crece y se beneficia de la fuerza y la experiencia de los que estuvieron antes»

Heidy Swapp

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