El síndrome de Medea

El síndrome de Medea

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Yo no veo la tv desde hace más de una década, pero aún así, es imposible no enterarse de ciertas noticias, trágicas muchas veces, como la ocurrida esta semana: la aparición del cuerpo de una de las niñas desaparecidas hace semanas en Tenerife, la mayor de 6 años, que confirma el filicidio, o lo que es lo mismo: la muerte a manos de su padre, tanto de ella como de su hermana pequeña de 1 año de edad, quien, probablemente, se haya suicidado después de cometer el crimen.

Esta patología se conoce como el “Síndrome de Medea”. El padre presenta un cuadro de síntomas en respuesta a los conflictos y el estrés vivido en su relación de pareja y responde descargando todas sus frustraciones con agresividad hacia su descendencia, utilizando a sus hijas como instrumento de poder y venganza hacia su pareja, hasta arrebatarles la vida, pues al matar al hijo destruyen el vínculo con el otro, en este caso, la exmujer.  

El síndrome de Medea se originó a partir de la tragedia griega de Eurípides, que relata la triste historia de la sacerdotisa Medea, esposa y madre que, para castigar la traición de su esposo Jasón, que la había abandonado por la hija del Rey de Corinto, sacrificó la vida de sus hijos para que el dominio de mujeres sobre hombres quedase asegurado.

En esta trágica historia sucedida en nuestro país el rol se invierte y es el hombre quien sacrifica a sus hijos, con celos de por medio porque su exmujer tiene otra relación con un hombre mayor, porque se dice que ella pensaba ponerles a las niñas su apellido y quitar el del padre… y asegura su dominio sobre ella al quitarle lo que más quiere: a sus hijas.

Cuando escucho historias como esta siempre, siempre, recuerdo a Allice Miller y sus investigaciones sobre el maltrato en la infancia, según las cuales ella insiste en que se podría demostrar estadísticamente que un determinado número de casos de niños maltratados pueden, más tarde, dar origen a un número igual de crímenes.

Sin embargo, según Miller, es imposible demostrar semejante cosa por los siguientes motivos:

  1. Los niños son maltratados generalmente en secreto y sin que el abuso pueda ser comprobado, el niño reprime y camufla este tipo de experiencias.
  2. Aunque se presenten numerosos testimonios, siempre habrá gente que demuestre lo contrario. Y aunque esas pruebas sean contradictorias, se les dará más crédito a ellas que al propio niño, porque ayudan a mantener la idealización de los padres.
  3. Como la relación entre los malos tratos infligidos al niño y los crímenes ulteriores ha sido apenas registrada por los criminólogos y la mayoría de los psicólogos, los datos estadísticos sobre la vinculación de estos factores no son aún muy numerosos, aunque también se han hecho investigaciones al respecto.

Miller busca más que la objetividad del dato estadístico que confirma esta relación, la subjetividad de la víctima afectada en la medida en que su empatía se lo permita. Así fue como descubrió la interacción de amor y odio: por un lado la falta de respeto e interés por aquel ser único e independiente de las necesidades de sus padres, el abuso, la manipulación, la limitación de la libertad, la humillación y los malos tratos, y por otro lado, las caricias, los mimos y los juegos de seducción en la medida en que el hijo es vivido como una parte del Yo de sus padres.

Todo crimen clama por comprensión en la medida en que constituye la escenificación de algún drama infantil.

Sin embargo, como bien dice Miller ¿podría el conocimiento de las verdaderas causas del crimen introducir algún cambio en la aplicación de la pena al agresor? No, mientras lo importante sea declarar a alguien culpable y castigar. En este caso, al padre de las niñas.

Quizás algún día podríamos darnos cuenta de que el perpetrador, el asesino, el filicida nunca es el único culpable, sino la víctima de una trágica cadena de circunstancias que, por las razones arriba descritas, nadie quiere ver.

Tras esta breve introducción, volvamos al crimen en cuestión e intentemos ver más allá de lo sucedido preguntándonos ¿qué más nos cuenta, sin mediar ni una sola palabra, este suceso, ocurrido en el mar, como escenario?

El mar habla de la madre y de problemas con ella, los problemas que tenía ese hombre con la madre de sus hijos, los problemas que, casi con una total certeza, eran un reflejo del conflicto que debía tener con su propia madre, pues la forma en que este hombre haya probablemente elegido  morir tras matar a sus hijas (y recordemos que ambas descendientes eran mujeres también) suicidándose en el mar, habla del deseo de regresar al vientre materno, para ser parido con amor y no con rechazo.

La trágica historia habla del rechazo que en su día habría sentido ese hombre, ese padre, por parte de su propia madre, reflejado en su exmujer, que le rechazó y eligió a otro hombre para compartir su vida al lado de sus hijas.

Como afirmó el psicoanalista Heinz Kohut, el narcisismo (conflicto que presentaba este hombre) aparece cuando se produce un fallo de interacción temprana con la madre (por rechazo de esta, falta de vínculo, crianza sin empatía…) sintiéndose totalmente abandonado y buscando en el narcisismo una forma de sobrevivir a ese abandono.

Un narcisista desplaza hacia los demás (exmujer e hijas en este caso) la rabia que siente hacia su madre, aunque en estados depresivos la puede volver hacia sí mismo y verse impulsado al suicidio/asesinato para escapar de un mundo en el que siente que carece de derechos. Por esta razón, los suicidios/asesinatos de este tipo de personas suelen revestir características muy violentas, ya que su primitivo instinto autodestructivo busca aniquilar la más mínima porción viva que haya de ella. Las tendencias suicidas de los narcisistas tienen una cualidad premeditada, calculada y fríamente sádica, según confirma el también psicoanalista Otto Kernberg.

Y este hombre, como no puede asesinar a su madre asesina a sus hijas y deja muerta en vida a su exmujer.  

Yo, ante un caso como este, siempre me pregunto ¿qué habrá vivido ese hombre en su infancia para llevarle a terminar con la vida de sus hijas de un modo tan cruel? ¿qué habrá sentido aquel niño que le supuso tanto dolor como para ahora quitar la vida a dos pequeñas inocentes? ¿qué historia de familia desestructurada o violencia habrá sentido, que desencadena en una total ausencia de empatía hacia sus hijas, dos seres indefensos?

Cuando escucho historias como estas siempre me viene a la mente la vida de Ted Bundy, el famoso asesino en serie de mujeres. Cuando descubrí su biografía comprendí qué le había llevado a actuar del modo en que lo hizo. Los asesinos siempre esconden historias terribles vividas en su infancia. Y aprovecho aquí para invitarte a que leas la extensa obra de Alice Miller, psicoanalista experta en las raíces de la violencia en los niños estudiando la vida de personajes como Hitler, Jürgen Bartsch y muchos otros.

La madre de Ted Bundy le tuvo siendo una adolescente, fruto de una relación con un hombre a quien jamás conoció. Por esta razón, fueron sus abuelos quienes le criaron, haciéndole creer que su madre era su hermana mayor, quien, durante años, le rechazó como hijo por vergüenza.

Durante el tiempo que vivió con sus abuelos, hasta los 4 años aproximadamente, fue testigo del alcoholismo y el extremo abuso y violencia que ejercía su abuelo sobre las mujeres de la familia: su abuela y su madre/hermana. Asimismo, le incitaba a ver pornografía y quién sabe qué cosas más.

Descubrir, durante la adolescencia, que su hermana era en realidad su madre , le creó un profundo rencor hacia las mujeres en general. Para colmo de males, creció viendo como su abuela (supuestamente su madre), sobrevivía a las depresiones constantes causadas por el trato que le profería su marido, a base de electroshocks.

Los vecinos de Bundy contaban que el abuelo golpeaba a su esposa, al perro de la familia y a los gatos del vecindario, era un hombre racista, sexista, imponente y abusivo verbalmente, y esa fue la única figura masculina con la que creció. Bundy recordaría más tarde a su abuelo con cariño, diciendo que admiraba al hombre y que se «identificaba» con él, algo realmente preocupante a la vez que revelador, pues como también recoge Miller, la víctima suele asumir que ese comportamiento que ha vivido en la infancia, la llamada “pedagogía negra” teñida de abusos y violencia, es algo completamente normal.

Ted comenzó descargando su ira con animales a los que atrapaba, mutilaba y torturaba hasta la muerte. Pero pronto pasó a preferir trasladar su enojo hacia las mujeres, eso sí, todas con el mismo patrón: tenían los mismos rasgos físicos que su madre…

¿Por qué no me sorprende?

De la infancia de Hitler no hablaré en este post pues ya lo hice en otro hace varias semanas, pero sí de la otro asesino de niños, el joven Jürgen Bartsch, quien a sus 20 años sesgó la vida a varios niños con un procedimiento similar en todos ellos: los atraía a su escondite, los reducía a golpes, los ataba con una cuerda de carnicero (sus padres eran carniceros), los mataba estranguládolos o golpeándolos y luego abría su cuerpo, vaciaba sus órganos y enterraba los restos. No entraré en detalles escabrosos de cómo procedía a descuartizar a sus víctimas, niños poco más pequeños que él, pero sí en el hecho de que tal y como dice Miller, cuando estos hechos se hacen públicos originan una ola de indignación, escándalo y horror, como ha sucedido ahora con el caso de Tenerife. Y la gente se pregunta asombrada cómo puede existir tal crueldad sobre todo cuando los asesinos suelen parecer amables y, a simple vista, no se advertía ningún síntoma de crueldad en ellos.

Paul Moor se esforzó por entender a este asesino de niños y descubrió que el mismo día de su nacimiento, en 1946, Jürgen Bartsch fue separado de su madre tuberculosa que falleció a las pocas semanas. Pasó en un orfanato 11 meses hasta que lo adoptaron, careciendo de calor maternal y desde los 6 meses lo sentaban en el orinal para enseñarle a hacer sus necesidades…

Tras llegar a su familia adoptiva se recogieron testimonios del padre que decía que pensaba divorciarse porque su mujer le pegaba tanto al niño que no podía aguantarlo, o que se apresuraba a volver a casa porque decía que, de lo contrario, su mujer iba a matar al niño a golpes. Su madre rompía perchas de ropa sobre él, lo encerraba en casa prohibiéndole contacto con otros niños, y le lanzaba los cuchillos de la carnicería diciéndole que era una mierda y que le iba a devolver al orfanato, que allí era donde debía estar.

Así que, llegados a este punto, merece la pena ver más allá de este terrible crimen, de la impotencia que sentirá en este momento la madre de esas niñas, que no se pudo despedir de ellas, decirles te quiero o de protegerlas evitando esa situación, de la tremenda carga de culpa, impotencia y enojo que vivirá esa mujer y con la que todas las madres nos sentimos identificadas, de un modo u otro.

Porque no olvidemos que detrás de una historia como esta, hay otra historia que nadie cuenta jamás, la historia de la infancia de un niño, sumamente herido y dolido, tanto como para decidir terminar con la vida de sus propios vástagos y también con la suya propia.

Yo siempre me paro a pensar en la madre del asesino, si yo fuese ella me preguntaría ¿acaso yo tuve algo que ver en que mi hijo se convirtiera en un criminal terminando con la vida de sus propias hijas? ¿pude haber hecho algo diferente, pude haberle escuchado, querido, aceptado… para que evitar que esto sucediera?

«En el origen de la peor violencia, la que uno se inflige a sí mismo o la que se hace padecer al prójimo, se encuentra siempre el aniquilamiento del alma infantil»

Alice Miller

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Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Javier

    Tu eres especialista, pero creo que la tragedia griega nos dice que Medea mata a sus hijos para vengarse del marido, no para asegurar poder o cuota femenina. Por otra parte, el síndrome de Medea no es patrimonio de un sexo. Finalmente, a la fecha de este post, se sabe el caso de Yaiza, niña asesinada por su madre que confiesa el crimen justificando la venganza contra su exmarido.

    un saludo

    1. Bego

      Ciertamente el Síndrome de Medea hace referencia a la venganza de un progenitor, indiferentemente de que sea hombre o mujer, pero si analizamos el trasfondo de dicha venganza, lo que se busca es demostrar la superioridad y el poder que se siente sobre el sexo contrario, a través de dicho acto.

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